Eran buenas sus intenciones. Atenea disponía de dos seres alados entre rejas; pues, si ella les quería a su lado, los aves jamás entendieron ni sus palabras ni sus mimos.
Un amanecer sin canto la hizo comprender, tras muchos de ellos, que carecían de vida aunque sus pechos palpitaran. Optó abrir la puerta entre los barrotes y que ellos decidieran. Su instinto -nada mutuo- les hizo pretender el cielo… Una vez salieron, se precipitaron contra el suelo.
Atenea olvidó querer.
Los pájaros olvidaron volar.
El relato remitido encabeza el libro Entre Bastidores, de la trilogía de poemas Coup de Théâtre, Desuve 2004
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